15 de noviembre de 2011

130, Ruta 9

Lo que a continuación voy a relatar no creo que muchos lo consideren algo verídico, pero no importa, lo mismo lo escribiré para dar constancia de un suceso que tal vez nadie pueda esperar de una ciudad como esta. Sucedió así…

Acababa de salir de clases y caminaba rápido por la calles del bajo porque ya había anochecido y las sombras de las esquinas me asustaban. Caminaba, caminaba; un anciano revolvía unas bolsas de basura de un negocio que había cerrado y miraba nervioso a ambos lados para que nadie más le disputara su degradado tesoro. Seguí caminando y mientras esperaba cruzar la calle, invadida de autos apurados por sus conductores, pude observar con detalle algunas cosas que no había notado antes por mi natural andar apurado. Papeles de golosinas, latas de gaseosa y cartones se amontonaban en la esquina mientras tres perros vagabundos jugueteaban entre si y ladraban a las personas que pasaban cerca suyo, defendiendo su territorio en la salvaje ciudad.

Continué mi camino por la percudida vereda y un vaho a aceite quemado chocó contra mi cara produciéndome una expresión de asco instantánea. Una niña despeinada me ofreció una tarjetita a cambio de monedas, pero eso no fue posible, pues tan solo dos pesos vivían en el bolsillo de mi pantalón.

Finalmente llegué a la parada de colectivos, estaba vacía y al frente se alzaba una escuela de la que salían alumnos apurados. Esperaba mientras los autos pasaban y después de veinte minutos llego el colectivo, era el 130, mi fiel servidor de metal que todos los días me llevaba a mis distintos destinos en la ciudad. Subí a él despreocupadamente, apurada en realidad por lo avanzada de la noche. Nadie había en el coche más que yo y el conductor. Me ubiqué en los asientos del medio y me sumí en mis pensamientos sin prestar atención a nada más a mí alrededor. El recorrido hacia mi casa era siempre el mismo, así que no me preocupé por lo que sucedía a mí alrededor.

Por un momento me dormí, casi sin darme cuenta, y a ese sueño lo sentí como si fuera eterno. Desperté de repente, el colectivo se había sacudido violentamente. “Seguro fue un bache” pensé sin inquietarme mucho. Después, miré con un poco más de atención a lo que sucedía a mi alrededor y definitivamente algo no andaba bien. Miré por la ventanilla y asustada noté que no se veía ni la avenida, ni las casas y edificios que siempre se notaban. No, todo estaba baldío y seco, sin vida. Unos fuegos fatuos revoloteaban sin dirección por el aire, y se veían algunas personas andrajosas y podridas caminando lentamente por el camino desconocido. Simplemente no entendía nada, con mucho miedo me acerqué al conductor y le pregunte “¿dónde estamos?”. El hombre se volteó hacia mí y con horror noté que no tenía rostro; una calavera vieja de cuencas vacías, dientes carcomidos y amarillos me miraban de modo perdido y una maliciosa voz salió de su interior diciendo “Subiste al 130, Ruta 9, el colectivo que va al Mundo Sin Nombre, Sin Número” y luego rió con vileza, a grandes carcajadas mientras agarraba con furia el volante, un par de gusanos escaparon de sus cuencas oscuras y profundas. Su olor era totalmente rancio…

Desesperada toqué el timbre para bajar de aquel terrible colectivo. El 130 paró y casi corriendo salí de ahí y pude ver con une escalofrío como se alejaba, envuelto en llamas y gritos estridentes. Afuera no parecía tan terrible, pero era un mundo extraño por como se veía. El camino estaba forrado de fragmentos de cerámicas de tazas, platos y fuentes; a los costados había muchas cosas abandonadas que habían llegado allí de algún modo inexplicable, pero eran objetos que los antiguos propietarios ya no recordaban. Desde donde yo me enocntraba se veían un ventilador de techo con las aspas rotas, acompañado de un par de valijas rotosas, invadidas por la humedad. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Caminé temerosa por aquel extraño camino y después de unos metros me encontré con una cabina telefónica y tenía una luz que la alumbraba de una manera tétrica. Me acerqué con cautela y vi que estaba en servicio; llena de ansiedad hice una llamada por cobrar a mi casa. La operadora me informó con tono inhumano que tal número no existía por aquella zona.

La resignación me invadió y decidí que lo mejor sería caminar, seguro encontraría una salida. Al menos eso era lo que esperaba.

Debo haber caminado un kilometro y de repente el paisaje cambió, ya no era oscuro y lleno de cosas abandonadas y añejas, no, era de tarde del otro lado, con un sol casi moribundo. Un pasto de verde casi fantástico alfombraba todo el suelo y muchos árboles crecían de manera desordenada por todos lados, pero lo más extraño de aquel lugar era que estaba decorado por muchas estanterías llenas de libros viejos de los que emanaban un aroma a páginas doradas por el tiempo. Sinceramente aquel lugar me agradaba a

comparación del anterior, tan lúgubre y muerto. Con algo de ilusión me acerqué a las estanterías y leí los lomos de los libros y todos tenían títulos extraños, como: “la mejor manera de divertir a los gatos, las 100 mejores formas”, “¿problemas con las patas de las sillas? Distintas formas para evitar que se le escapen”. Los demás títulos eran iguales de extravagantes, y después de ver varios leí uno que me dejó sin aliento, se podía leer: “La mejor manera de salir del Mundo Sin Nombre, Sin Número. Destinado a los ciudadanos errantes”. Mis manos temblaban cuando tomé aquel libro, de pocas páginas. Lo abrí y vi que las instrucciones eran muy simples:

“La mejor manera de salir del Camino Desconocido”

Guía para el Ciudadano Errante

Si por error tomó un transporte que lo trajo al Mundo Sin Nombre, Sin Número y no sabe como regresar, a continuación le enumeramos los pasos para que pueda regresar a su Mundo Común y Corriente.

- Suspire.

- Ría.

- Salte tres veces y nombre al lugar que desea regresar.

Por favor rogamos devolver este libro a su estantería, no es conveniente que los habitantes del Mundo Común y Corriente tengan objetos del Mundo Sin Nombre, Sin Número. No estamos bromeando.

Chiflesaca y Chascamica

Me sentí bastante extrañada por las instrucciones pero decidí llevarlas a cabo. Dejé el libro en la estantería, como me sugerían Chiflesaca y Chascamica. Suspiré, reí y salté tres veces, nombrando el lugar al que quería regresar. Fue instantáneo, en un abrir y cerrar de ojos me encontré en la puerta de mi casa. La tranquilidad me invadió y tranquilamente abrí la puerta y entré, saludé a todos en mi casa de la forma más normal que pude lograr y subí a mi habitación. Todo parecía estar bien, pero sobre mi cama encontré una tarjeta de papel extraño, era como una hoja hecha de tela y se podía leer:

“A la señorita E, se le agradecen la devolución del libro a su correspondiente estantería”

Atentamente, los Sres. Chiflesaca y Chascamica

Oficina de Libros y Bibliotecas

Calle de La Tarde

Mundo Sin Nombre, Sin Número

Yo, que había creído que todo había sido un sueño loco o algún producto de mi vasta imaginación, pude comprobar que no, que ciertamente había descubierto por subir al 130, Ruta 9 un mundo paralelo en nuestra ciudad (a la que llamaban Mundo Común y Corriente) y que al parecer se llamaba Mundo Sin Nombre, Sin Número. Seguro nadie puede creer lo que relato aquí, pero les aseguro que si existe y que a pesar de que me asusté me dan ganas de volver a aquel lugar tan extraño. Espero encontrar la forma…

Por Edle M. Julve

Lo que a continuación voy a relatar no creo que muchos lo consideren algo verídico, pero no importa, lo mismo lo escribiré para dar constancia de un suceso que tal vez nadie pueda esperar de una ciudad como esta. Sucedió así…

Acababa de salir de clases y caminaba rápido por la calles del bajo porque ya había anochecido y las sombras de las esquinas me asustaban. Caminaba, caminaba; un anciano revolvía unas bolsas de basura de un negocio que había cerrado y miraba nervioso a ambos lados para que nadie más le disputara su degradado tesoro. Seguí caminando y mientras esperaba cruzar la calle, invadida de autos apurados por sus conductores, pude observar con detalle algunas cosas que no había notado antes por mi natural andar apurado. Papeles de golosinas, latas de gaseosa y cartones se amontonaban en la esquina mientras tres perros vagabundos jugueteaban entre si y ladraban a las personas que pasaban cerca suyo, defendiendo su territorio en la salvaje ciudad.

Continué mi camino por la percudida vereda y un vaho a aceite quemado chocó contra mi cara produciéndome una expresión de asco instantánea. Una niña despeinada me ofreció una tarjetita a cambio de monedas, pero eso no fue posible, pues tan solo dos pesos vivían en el bolsillo de mi pantalón.

Finalmente llegué a la parada de colectivos, estaba vacía y al frente se alzaba una escuela de la que salían alumnos apurados. Esperaba mientras los autos pasaban y después de veinte minutos llego el colectivo, era el 130, mi fiel servidor de metal que todos los días me llevaba a mis distintos destinos en la ciudad. Subí a él despreocupadamente, apurada en realidad por lo avanzada de la noche. Nadie había en el coche más que yo y el conductor. Me ubiqué en los asientos del medio y me sumí en mis pensamientos sin prestar atención a nada más a mí alrededor. El recorrido hacia mi casa era siempre el mismo, así que no me preocupé por lo que sucedía a mí alrededor.

Por un momento me dormí, casi sin darme cuenta, y a ese sueño lo sentí como si fuera eterno. Desperté de repente, el colectivo se había sacudido violentamente. “Seguro fue un bache” pensé sin inquietarme mucho. Después, miré con un poco más de atención a lo que sucedía a mi alrededor y definitivamente algo no andaba bien. Miré por la ventanilla y asustada noté que no se veía ni la avenida, ni las casas y edificios que siempre se notaban. No, todo estaba baldío y seco, sin vida. Unos fuegos fatuos revoloteaban sin dirección por el aire, y se veían algunas personas andrajosas y podridas caminando lentamente por el camino desconocido. Simplemente no entendía nada, con mucho miedo me acerqué al conductor y le pregunte “¿dónde estamos?”. El hombre se volteó hacia mí y con horror noté que no tenía rostro; una calavera vieja de cuencas vacías, dientes carcomidos y amarillos me miraban de modo perdido y una maliciosa voz salió de su interior diciendo “Subiste al 130, Ruta 9, el colectivo que va al Mundo Sin Nombre, Sin Número” y luego rió con vileza, a grandes carcajadas mientras agarraba con furia el volante, un par de gusanos escaparon de sus cuencas oscuras y profundas. Su olor era totalmente rancio…

Desesperada toqué el timbre para bajar de aquel terrible colectivo. El 130 paró y casi corriendo salí de ahí y pude ver con une escalofrío como se alejaba, envuelto en llamas y gritos estridentes. Afuera no parecía tan terrible, pero era un mundo extraño por como se veía. El camino estaba forrado de fragmentos de cerámicas de tazas, platos y fuentes; a los costados había muchas cosas abandonadas que habían llegado allí de algún modo inexplicable, pero eran objetos que los antiguos propietarios ya no recordaban. Desde donde yo me enocntraba se veían un ventilador de techo con las aspas rotas, acompañado de un par de valijas rotosas, invadidas por la humedad. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Caminé temerosa por aquel extraño camino y después de unos metros me encontré con una cabina telefónica y tenía una luz que la alumbraba de una manera tétrica. Me acerqué con cautela y vi que estaba en servicio; llena de ansiedad hice una llamada por cobrar a mi casa. La operadora me informó con tono inhumano que tal número no existía por aquella zona.

La resignación me invadió y decidí que lo mejor sería caminar, seguro encontraría una salida. Al menos eso era lo que esperaba.

Debo haber caminado un kilometro y de repente el paisaje cambió, ya no era oscuro y lleno de cosas abandonadas y añejas, no, era de tarde del otro lado, con un sol casi moribundo. Un pasto de verde casi fantástico alfombraba todo el suelo y muchos árboles crecían de manera desordenada por todos lados, pero lo más extraño de aquel lugar era que estaba decorado por muchas estanterías llenas de libros viejos de los que emanaban un aroma a páginas doradas por el tiempo. Sinceramente aquel lugar me agradaba a

comparación del anterior, tan lúgubre y muerto. Con algo de ilusión me acerqué a las estanterías y leí los lomos de los libros y todos tenían títulos extraños, como: “la mejor manera de divertir a los gatos, las 100 mejores formas”, “¿problemas con las patas de las sillas? Distintas formas para evitar que se le escapen”. Los demás títulos eran iguales de extravagantes, y después de ver varios leí uno que me dejó sin aliento, se podía leer: “La mejor manera de salir del Mundo Sin Nombre, Sin Número. Destinado a los ciudadanos errantes”. Mis manos temblaban cuando tomé aquel libro, de pocas páginas. Lo abrí y vi que las instrucciones eran muy simples:

“La mejor manera de salir del Camino Desconocido”

Guía para el Ciudadano Errante

Si por error tomó un transporte que lo trajo al Mundo Sin Nombre, Sin Número y no sabe como regresar, a continuación le enumeramos los pasos para que pueda regresar a su Mundo Común y Corriente.

- Suspire.

- Ría.

- Salte tres veces y nombre al lugar que desea regresar.

Por favor rogamos devolver este libro a su estantería, no es conveniente que los habitantes del Mundo Común y Corriente tengan objetos del Mundo Sin Nombre, Sin Número. No estamos bromeando.

Chiflesaca y Chascamica

Me sentí bastante extrañada por las instrucciones pero decidí llevarlas a cabo. Dejé el libro en la estantería, como me sugerían Chiflesaca y Chascamica. Suspiré, reí y salté tres veces, nombrando el lugar al que quería regresar. Fue instantáneo, en un abrir y cerrar de ojos me encontré en la puerta de mi casa. La tranquilidad me invadió y tranquilamente abrí la puerta y entré, saludé a todos en mi casa de la forma más normal que pude lograr y subí a mi habitación. Todo parecía estar bien, pero sobre mi cama encontré una tarjeta de papel extraño, era como una hoja hecha de tela y se podía leer:

“A la señorita E, se le agradecen la devolución del libro a su correspondiente estantería”

Atentamente, los Sres. Chiflesaca y Chascamica

Oficina de Libros y Bibliotecas

Calle de La Tarde

Mundo Sin Nombre, Sin Número

Yo, que había creído que todo había sido un sueño loco o algún producto de mi vasta imaginación, pude comprobar que no, que ciertamente había descubierto por subir al 130, Ruta 9 un mundo paralelo en nuestra ciudad (a la que llamaban Mundo Común y Corriente) y que al parecer se llamaba Mundo Sin Nombre, Sin Número. Seguro nadie puede creer lo que relato aquí, pero les aseguro que si existe y que a pesar de que me asusté me dan ganas de volver a aquel lugar tan extraño. Espero encontrar la forma…

Por Edle M. Julve

17 de septiembre de 2011

Uthien, la princesa envenenadora

En un antiguo reino llamado Lagtho vivía una princesa llamada Uthien a la que muchos príncipes de reinos aledaños pretendían por razones de poder y territorio.

Uthien era una joven sombría y callada, detestaba ser princesa y sabía (y muy bien) que solo la querían por su ventajosa posición. A su familia no le importaba sus sentimientos o lo que ella deseaba, ellos tan sólo querían obtener más tierras para su reino con la unión de Uthien con otro príncipe de la región. Su padre, Ragoldet, era el que principalmente ambicionaba el poder y las riquezas y no le importaba su hija, siempre la había tratado desdeñosamente.

Uthien, no deseaba un matrimonio forzado y decidió ponerle fin al asunto, pues Ragoldet ya había prometido su mano a Mortin, un cruel príncipe de un reino del sur llamado Nandot, que al igual que otros, únicamente deseaba acumular más poder.

Ella urgió un cruel plan: durante la celebración envenenaría a su esposo. Era lo único que podía hacer, pues la posibilidad de escaparse era imposible ya que a ella la tenían muy vigilada y no le permitían salir de la fortaleza.

Finalmente llegó el día, Mortin entró a la ciudad con pompa y ceremonias. Todos los cortesanos lo saludaban con viveza y lo colmaban de presentes.

Ragoldet le presentó su hija al príncipe y este solo la saludó con menosprecio y sonrió hipócritamente ante todos los presentes.

Uthien, ya tenía todo listo para el momento oportuno y dentro de sí misma se sentía satisfecha. La boda se celebró con magnificencia y muchos monarcas de reinos cercanos presenciaron la boda con recelo, pues ellos habían deseado esa boda para ellos mismos.

La fiesta fue enorme y más de mil personas estaban allí. Uthien, aprovechó un descuido de Mortin y le vertió en su copa un veneno mortal que ella tenía en una pequeña botella.

Él bebió de la copa sin sospechar nada y al rato falleció en plena fiesta. Al ver al recién casado muerto, la celebración entró en desorden.

Nadie pudo descubrir quien había sido y Uthien se vio librada de aquel cruel príncipe.

Pero sus tormentos no acabaron; el fantasma de aquel malvado príncipe la persiguió por todas partes y no la dejó en paz. Todos pensaron que había enloquecido y no sabían que hacer.

Finalmente, Uthien no pudo soportar el tormento y confesó su crimen. Los padres del príncipe muerto pidieron su ejecución pero Ragoldet y su esposa no consintieron, su hija podía ser culpable pero no la matarían por el despecho de otros.

Lagtho y Nandot riñeron y terminaron en una guerra feroz y despiadada donde Nandot ganó porque poseía mejores guerreros. Después de la victoria, los reyes de Nandot aprisionaron a la princesa y la ejecutaron, cortándole la cabeza.

Y así terminó la historia, donde todos perdieron algo. A esta guerra se la llamó “La guerra de Uthien” o La Guerra de Mortin”. Y a la princesa Uthien, se la llamó “Uthien, la princesa envenenadora”